BERTA BLANCA T. IVANOW
Historia de un nacimiento #16
Nacida y crecida en Barcelona
— Fotos: Anna Larruy
¿Cuándo fuiste madre?
El corazón de mi hijo empezó a latir en mí cuando tenía 29 años.
¿Fue una decisión premeditada?
Sí. Quería ser mamá desde muy joven.
¿Cómo entiendes la maternidad?
Aún no siento que entienda la maternidad en su totalidad. La vivo como un aprendizaje constante que te hace cuestionarte muchas cosas sobre una misma y sobre la interacción con otros seres humanos. Cuando traes una nueva vida al mundo, pones aún más consciencia en todo. Leí hace tiempo que, si los hombres dieran a luz, no harían guerras. Cuando gestas, crías y lo das todo, y más, por otro ser humano, conectas con una consciencia universal de amor profundo. Te das cuenta de que, al dañar al otro, también te dañas a ti misma. Atlas me está haciendo afrontar cosas que nunca me vi capaz de hacer sin él. La maternidad te da fortaleza y sentido, te arraiga a la vida y al presente eterno, te hace romper con narrativas internas que no te conducen a ningún lugar. Para mí ha sido un pequeño despertar de consciencia.
¿Por ejemplo?
El divorcio con su papá. La Berta de antes de ser mamá hubiera gestionado todo huyendo. Con Atlas en la ecuación, he tenido que afrontar todo con consciencia y ternura. Es dificílísimo poner amor cuando se siente un dolor tan profundo. Con el miedo, los seres humanos tendemos a ser agresivos y a pensar que así nos protegemos. Afrontar ese miedo con dulzura es más valiente. Y yo estoy en esa conquista.
¿Qué tal fue el embarazo?
Los primeros meses fueron complicadísimos. Cuando tienes una vida dentro de tu vientre, la mente se dispara: ¿podré hacerlo?, ¿lo conseguiré?, ¿estará todo bien? Sentí vértigo. Tuve vómitos hasta los cinco meses, terminé ingresando en el hospital y perdí nueve kilos. Fue un viaje intenso, pero yo sabía que Atlas estaba bien; tenía esa certeza. A partir del sexto mes llegó una paz profunda y una gran serenidad. Disfrutaba de grandes paseos, de respirar, de estar viva.
¿Cómo conseguiste navegar ese vértigo?
Parando. Dejando de hacer todo frenéticamente. Cuando te entregas, la vida es más sabia y todo se recoloca. Con la aceptación de tu realidad presente, rompes con esa resistencia absurda. Arrodillarse, esa humildad, es lo que nos da grandeza y nos hace conscientes de que somos parte de un todo, importantes por igual.
¿Qué es lo que más recuerdas del parto?
Recuerdo despertarme una mañana, diez días antes de la fecha prevista de parto. Mi tía Blanca me repetía durante todo el embarazo que le hablara al bebé, que él escuchaba. Yo nunca lo hice verbalmente, pero esa mañana, el 30 de agosto, le hablé y le dije: “yo ya estoy preparada, cuando tú quieras”. Esa misma tarde comenzaron las contracciones.
En el hospital, durante el parto, entré en una especie de trance. Usamos aceite esencial de incienso y cítricos, llevé mis flores de Bach, y el papá de Atlas puso una música que era como un paisaje sonoro bellísimo, avanzando entre la niebla.
Suena idílico, ¿cómo describirías parir así?
No sé si fue idílico. Pero creo que lo poderoso de ese momento fue la presencia. Ambos estábamos instalados en el instante, respirando y gozando cada segundo. Sin precipitarnos al desenlace. Solo presentes.
¿Qué sentiste al sostener a Atlas en tus brazos por primera vez?
Atlas nació y no empezó a llorar al instante; le faltaba un poco de aire porque los pujos fueron muy largos. Fueron unos minutos de inquietud. Yo tenía la epidural y, sinceramente, me sentía algo drogada y mareada. Me hubiera gustado sentirme fuerte para hacerlo de manera natural, pero mi mente no pudo sostenerlo. Espero poder intentarlo en un futuro; creo que debe ser una experiencia muy catártica.
¿Te asustaste en esos minutos de inquietud?
No, yo tenía la certeza de que todo estaba bien. Es algo difícil de explicar, porque lo sientes por dentro, como madre. Hay una intuición muy profunda, una conexión real. Un hijo es un ser humano creado a partir de tus propias células. Y aunque un día se desprenda de tu cuerpo, no deja de ser, de algún modo, una continuación de ti. Hay un hilo invisible que permanece.
Te escuchaste y fue así. Me refería al primer momento que recuerdas de sostén, de mirada consciente hacia tus brazos con él, o de verlo, de sentirlo tuyo afuera. ¿Lo recuerdas?
En las semanas próximas de su nacimiento, todo estaba a flor de piel. Recuerdo llorar de felicidad mientras lo observaba. El amor no me cabía en el cuerpo; me desbordaba, me habitaba entera.
Dicen que la intuición de una mujer crece durante el embarazo y después del parto. ¿Lo confirmas?
Fue la primera vez en mi vida que sentí el peso real de mi cuerpo y de mi salud. Cuando todo funciona, no te cuestionas nada; cuando hay sufrimiento, ahí aparece el crecimiento, el dejar ir y la trascendencia. Es un camino de vida, pero estoy segura de que ser madre ha iniciado en mí ese despertar.
¿Crees que la maternidad trae consigo sufrimiento? ¿Qué es lo que más se ha despertado en ti?
Creo que la complejidad de la vida está justamente ahí: en aprender a convivir con el sufrimiento y el placer, con la felicidad y la tristeza. En aceptar que todos esos estados forman parte del mismo tejido. Y que, incluso en los momentos más oscuros, hay belleza. He atravesado un año emocionalmente durísimo, pero también se han ido abriendo pequeñas puertas de luz en mí. Creativamente me he sentido muy despierta, aunque desde un lugar distinto: más amable, más compasivo conmigo misma. La figura de Deméter, la madre, representa el cuidado, el acoger, la caricia, el nutrir. Y siento que poco a poco voy integrando esas cualidades en mí, aprendiendo a sostenerme con esa misma ternura.
¿Cuáles son los cambios más significativos que has vivido o estás viviendo en tu maternidad?
Ser madre ha sido una elección consciente y estructuro mi vida alrededor de ello. Mis tardes son sagradas para mi hijo; mis jornadas laborales se han reducido y ya no tengo tiempo para procrastinar. Nunca he querido dejar de ser mujer, artista, hija, hermana ni amiga. Trato de encontrar espacio para todas esas facetas, aunque ahora ese tiempo sea menor porque la maternidad ocupa mucho espacio. El tiempo vuela, y lo que ahora parece lento, lentísimo, pronto no lo será. Quiero poder decir que exprimí cada instante hasta la saciedad.
¿Consideras que tu experiencia como madre ha afectado a tu creatividad hasta el momento?
Creo que abre canales y crea nuevas conexiones. Me siento muy creativa, con muchas ganas. La maternidad te muestra que somos superwoman, que cargamos un gran peso y tenemos una capacidad extraordinaria. Y eso no solo se refleja en la crianza, sino que puede extrapolarse a todos los ámbitos de la vida.
¿Qué es lo mejor de ser madre? ¿Qué te parece lo más difícil?
Lo mejor es recibir las caricias y los besos de mi hijo, escuchar sus historias y sus ideas, verlo bailar, disfrazarse y jugar. Disfruto aprendiendo a ser mejor madre, acompañada por la comunidad de madres de la escuela Waldorf a la que asiste mi hijo. Eso me hace ser mejor persona también. Siento una gratitud infinita hacia la vida por brindarme esta oportunidad y hacia mí misma por adentrarme en este caminito de auto-descubrimiento. Lo más difícil es hacerlo en esta sociedad, donde no se permite el respiro ni el espacio para criar con calma, sin tanta presión, y donde además la economía personal depende de ello.
¿Qué sería necesario a nivel social para facilitar la experiencia?
La escucha. Si nos reunieran a todas las mujeres y mamás y nos preguntaran. Todo seria distinto. Necesitamos más miradas y sentires femeninos participando en las decisiones que moldean esta sociedad. Yo apuesto por un modelo más cercano al matriarcado: uno que se sostenga en la comunidad, en lo colectivo y en la cooperación; que priorice el cuidado, la protección y el respeto por la vida, sin dominación, sin violencia y sin juegos de poder.
Al convertirte en madre, ¿crees que ha cambiado la relación con tu propia madre?
De manera infinita. Ella me ayuda mucho con mi hijo y le da un amor puro, sin condicionamientos. Eso me hace apreciarla más y reconocer ese fondo de bondad que tiene. Con ayuda de mi terapeuta, hemos logrado comunicarnos y entendernos mejor, aunque nuestras personalidades sean muy distintas. Siento que las mujeres tenemos ese don de querer entendernos y ser mejores personas; cuando existe esa inquietud y curiosidad, solo pueden pasar cosas bonitas, porque la intención en sí misma ya es bella.
¿Te gustaría tener más hijos?
Sí, rotundamente.
¿Te gustaría compartir algo más?
Sí, me gustaría compartir mi última lectura: Sobre los Doce Gestos de Cuidado en el Primer Septenio. Es un maravilloso libro escrito por psicopedagogas antroposóficas, que profundiza en el acompañamiento respetuoso de la infancia, la importancia de los límites y el autocuidado como bases para construir una cultura del encuentro, del reconocimiento mutuo y del trabajo consciente por la paz.