BEATRIZ SOUTO
Historia de un nacimiento #17
Nacida y crecida en Barcelona
— Fotos: Silvia Conde
¿Cuándo te convertiste en madre?
En madre física cuando nació Eric. Digo cuando nació, porque en el embarazo aún no sabes realmente lo que te espera. Y en el camino, hasta hoy, he ido aprendiendo que también tengo que aprender a ser mi propia madre y a reconciliarme con esa madre interna, poco a poco, día a día. Eso creo que es un camino de por vida. Para poder cuidar de ellos, de Eric y de Hugo, tengo que trabajar esa parte propia, la que me sostiene a mí misma. Es esa delicada danza entre las expresiones de las dos almas de la mujer, lo erótico, el placer del cuidado hacia una misma, y lo materno, el placer del cuidado a los demás.
¿Fue una decisión premeditada?
Sí, aunque la de Eric se avanzó. Yo había dejado mi trabajo, nos acabábamos de mudar a Suiza y estábamos viviendo en un aparthotel inicialmente. Chema había ido un mes antes, yo le seguía después con una maleta. Y fue, de hecho, en el viaje previo que hicimos a Seychelles cuando me quedé embarazada. Dejamos el trabajo, Chema decidió ir a Suiza. Fuimos a Seychelles a celebrarlo: la ilusión de una nueva vida. Y allí fue concebido Eric, sin saberlo, en las playas exóticas. Entonces, yo llegué a Suiza y empezaron a pasar cosas raras. A mí nunca me han gustado las manzanas y empecé a tener antojo de manzana. Chema, tráeme manzana. Y yo pensando Es raro. Y Chema diciendo A ver si estarás embarazada. Y yo: ¿Qué dices? Aquí en Suiza, sin casa, sin trabajo. Para mí fue un poco inesperado, a pesar de que sí, queríamos. Nos íbamos allí ya con la idea de formar una familia, pero estando un poco más establecidos, teniendo al menos un piso donde vivir. Yo buscaba un foco profesional. Eric llegó y lo hizo para revolucionar aún más la toma de decisión.
¿Qué pasó?
Decidimos volver. Yo iba viniendo a Barcelona porque había empezado una formación de Psicoterapia, ya sentía que toda esta parte de lo interno, de lo humano, tenía una resonancia muy grande en mí. Cada quince días venía a Barcelona. Ahí era febrero con todo lleno de niebla y frío. Yo venía aquí y veía el sol, el buen tiempo, la alegría de la gente. Eran unos contrastes… Empecé a hacer terapia personal también, aparte de estudiarla. Y vino la pregunta esencial: ¿Qué haces en Suiza? Y yo dije: Es que es verdad, lo único que yo quería era dejar el trabajo. He montado todo este lío…lo que yo quería era dejar el trabajo sin culpa y sin historias. Con Chema lo dijimos: No tiene sentido. Mamá feliz, bebé feliz. Yo no pintaba nada en Suiza en esa época de mi vida, donde todo era caro, donde encontrar un trabajo embarazada sería un extra reto… Me preguntaba qué sentido tenía, ¿ahora estoy buscando trabajos iguales a los que dejado? Toda esa incoherencia. Yo volví. Chema se quedó trabajando, iba y venía. Su trabajo era presencial en oficina y cada fin de semana venía. Le llamábamos el jornalero porque cogía los aviones el lunes a primera hora, con su bocadillo y tapper en mano y regresaba a final de semana. Yo estaba ahí, en mi embarazo, tranquila, en Barcelona, en mi casita. A él lo recuerdo presente. En noviembre nació Eric y en marzo fue la Pandemia. Él iba y venía, se redujo los días de estar en oficina y ya luego con la pandemia ya pudo quedarse. En Suiza hay dos días de baja, pero se había guardado vacaciones. Fue muy diferente con Hugo. Tardé tres años en quedarme embarazada por segunda vez, porque no quería ser madre de nuevo. Ya tenía suficiente. Pero a los tres, como ya salía un poco de toda esta demanda y auto—demanda, dijimos Vale, pues sí. Hugo llegó también muy rápido. Fue un postparto muy guay.
¿Por qué “auto—demanda”?
Auto—demanda mía. Yo creo que en este camino que nos toca hacer aprendemos y evolucionamos por contrastes. No vengo de esa educación tan amorosa y respetuosa —llamémosle como sea—, donde el niño tiene una dignidad. Yo vengo de una educación tradicional, donde la niña es y hace lo que el adulto dice y punto. Cuando me quedé embarazada por primera vez, empecé a leer sobre todo este mundo y wow.
¿Cómo llegaste a ese mundo?
Tenía tiempo. Ya había empezado mi formación en Psicoterapia y había empezado a estudiar la importancia de la primera infancia, del impacto que esa etapa tiene después en la vida adulta. De hecho, estábamos estudiando las teorías de Wilhelm Reich y de Piaget, la importancia de esos primeros años, una concepción que para mí era totalmente nueva. La importancia del vínculo y del apego. Para mí todo eso era sorprendente. Mis padres se dedicaban a la construcción y pensé: estos son los cimientos, es la base, es lo que sostiene una casa. También me llegó el típico libro de Laura Gutman sobre la maternidad y la sombra, y más recomendaciones de libros por amigas o redes. Fue un trescientos sesenta de lo que es la concepción de la maternidad bien intelectualizada, idealizando y queriendo ofrecer algo que yo no lo llevo en mis células, no lo llevo inscrito en mi ADN. Algo meramente racional, buscando la receta y el qué tengo que decir y hacer. Entonces, siempre sentía que era muy cansado, que intentaba dar algo que no tenía. Y hacer ese cambio energéticamente es muy grande y muy costoso, a veces no puedes sostenerlo. A veces me llevaba al polo opuesto y chillaba o estaba enfadada. No me gustaba la maternidad, porque sentía que esto no era lo que me habían contado. Y aplicar la recetita de respeto al niño. No es todo tan sencillo... Lo que pasó es que mi maternal devoró a mí mujer, a mi parte femenina.
Lo que pasó es que mi maternal devoró a mí mujer, a mi parte femenina.
¿Cómo te diste cuenta?
Porque estaba muy en el intelecto, leyendo cosas de crianza y a la vez intentando buscar mi camino profesional. Leía muchas cosas de educación, sobre todo de Educación Viva. Y luego también con dificultades con Chema. De Hazlo así. Él no leía. Entonces, había una exigencia de Tienes que hacerlo así y yo ocupando un espacio muy invasivo. Durante la Pandemia, en casa de mis padres… Todo muy endogámico. Fue un periodo intenso y a la vez bonito, porque tenía todo el tiempo, pero ¡buah! Qué intensidad. Y por eso te digo autoexigencia, porque quería estar desde esa perfección. Adicción a la perfección. Me pasaba en el trabajo, me pasaba en la maternidad. Al final es un aspecto que muchas mujeres llevamos. Lo que pasa es que cambiamos el escenario y, en lugar del trabajo, pues lo aplicamos a los niños y a la pareja. Esos procesos te pueden comer viva.
¿Hubo algo en concreto que te ayudara a darte cuenta?
La crisis de pareja. Ver que Chema y yo no nos habíamos enfadado casi nunca hasta entonces. Yo venía de tener unas relaciones con otras parejas conflictivas, de montaña rusa. Pero con Chema era todo muy fluido y yo pensaba ¿esto será amor también? ¿Algo puede fluir tanto? ¿Ser tan fácil e intensamente bonito a la vez? Y me preguntaba ¿estaré enamorada? Me encontré a una persona con un femenino mucho más desarrollado de lo yo estaba acostumbrada, a una persona más íntegra. Con la maternidad nos empezamos a pelear un montón y a tener enfados. También con toda la parte del deseo sexual. Me empecé a hacer un montón de preguntas, por eso yo llegué a la sexualidad, por mi propia experiencia. Yo pensaba Yo amo a este hombre. Me parece atractivo, pero en mi deseo hay algo muy bloqueado. Y como no tenemos ni idea de la sexualidad femenina… Ahí me di cuenta de que algo no estaba yendo bien y entonces apareció Arianna Bonato. De repente me hace de espejo, porque no me lo dijo con esas palabras, pero me di cuenta de que mi maternal se había comido todo lo demás. Allí sentí un SOS, había algo que no está bien ubicado. Y descubro uno de mis libros referente, que me cambiaron toda la perspectiva.
¿Qué libro era?
Mujer Deseada, Mujer Deseante de Danièle Flaumenbaum. Precisamente me lo compré por casualidad y al cabo del tiempo, cuando vuelvo a retomar el libro, miro el prólogo y veo que está escrito por Arianna Bonato. Yo digo: ¡Mi ginecóloga! ¿Sabes estas cosas de sincronicidades que dices: es que todo tiene un sentido y todo llega, cuando tiene que llegar? Danièle hace un trabajo que me fascina, mezclas sus conocimientos de ginecóloga humanista con los antiguos conocimientos taoístas sobre la energía sexual y con las nuevas aportaciones del psicoanálisis transgeneracional. Explica magistralmente cómo construimos nuestra sexualidad y la relación que tenemos con el placer a partir de la transmisión madre—hija. Lo que nuestras ancestras vivieron, lo que nos dijeron u omitieron nuestras madres alrededor del amor, del placer y del dolor es la base sobre la que creamos la representación de la mujer que somos.
Cuando nos convertimos en madres, nos situamos automáticamente en la historia de las mujeres de nuestra familia. Y es como si toda esa información inconsciente se activara, despertándose todas esas improntas transgeneracionales silenciadas, y apareciendo unas dinámicas en relación al placer y la sexualidad totalmente desconocidas para nosotras. Convirtiéndose en obstáculos para la relación con nosotras mismas y con nuestras parejas. Y ahí se abre un mundo de indagación, de toma de conciencia y de posible reconstrucción de una nueva sexualidad, porque aunque no haya sido transmitida, puede ser aprendida. Una puede empezar por preguntarse ¿qué referentes femeninos he tenido yo? ¿Cómo me han cuidado a mí? ¿Cómo ha vivido mi madre su maternidad? ¿Cómo ha vivido mi madre su sexualidad? ¿Qué relación tenía con mi padre? ¿Cómo mi padre “miraba” a mi madre? ¿Cómo mi padre me miraba a mí? Y empezar a darse cuenta de la gran impronta invisible que eso que vivimos y aprendimos de forma inconsciente en nuestra familia modeló nuestra manera de ser mujer y nuestra sexualidad, y en base a eso es como vivimos nuestra vida de mujer y nuestras sexualidad de adultas, a través de esas gafas invisibles.
Fue en todo este viaje de descubrimiento personal cuando me di cuenta que la sexualidad era como una piedra angular. Yo decía: la sexualidad, el bienestar sexual es el centro de todo, el motor de nuestra salud. Aunaba todos mis intereses: educación, salud y autoconocimiento. Y pensaba en cómo no había llegado antes a saber que esto era como mi vocación y mi pasión. Porque afecta a todo. Te afecta la salud. Te afecta el placer. ¿Cómo vives la vida: con placer o displacer? Te afecta el autoconocimiento, porque es un área que te lleva a tus entrañas. Y también ahí, en ese momento conocí a Eliana D’Alessandro y ella me abrió la belleza de la sexualidad a través de los cuentos y de la ilustración. Me di cuenta de que la sexualidad es un universo, que va mucho más allá de la genitalidad, es mucho más que algo repetitivo, pequeño y limitado. Ya tenía esa intuición, yo sentía siempre que la sexualidad tiene que ser algo más.
¿Por qué crees que no se accede tan fácilmente a esto?
Es un tema muy complicado, con muchos hilitos visibles e invisibles que se entrelazan. Requiere un análisis profundo. Pero en gran parte por la historia que tenemos, por el peso que ha tenido la religión, una catastrófica herencia, restrictiva y culpabilizadora en relación a la sexualidad y al placer femenino. El pecado original envenenó la sexualidad de los occidentales. Por las traducciones e interpretaciones que se han hecho del mito de Adán y Eva, toda la carga contra la mujer, todos estos discursos de lo malo de la carne,...
¿Nos puedes contar más sobre el mito de Adán y Eva?
Necesitamos una reconciliación con los mitos universales, con sus símbolos. Vengo de una familia donde he sentido un rechazo por la religión muy grande, pero a la vez me bautizaron, hice la comunión, me confirmé. Todo bastante incoherente. Casarme ya no, no me casé por la iglesia. Venía como muy desilusionada, como desarraigada de lo espiritual, y sintiendo rechazo por todo lo religioso—espiritual. Me alejé de todo eso, no me interesaban, las rechazaba teniendo un impacto negativo en mí, aunque no lo supiera. Ahora llego a la Pedagogía Waldorf con un anhelo de adulta, como madre, como esa madre que hablábamos interna, buscando algo, ese vació, y lo encuentro en la espiritualidad. Hay algo más allá de lo físico que puedo tocar, que me sostiene. Gracias a la Pedagogía he empezado a entrar en el mundo de la espiritualidad: ¿qué es la espiritualidad y qué es lo religioso? ¿Son lo mismo? ¿No lo son? ¿A qué lo tengo asociado? ¿También rechazo la espiritualidad, a pesar de que ahora la New Age habla de una espiritualidad muy diferente? ¿Qué es para mi la espiritualidad? ¿Cómo la cultivo en mí? Empiezo a meterme en este mundo, a hacerme preguntas, mis preguntas y buscar mis respuestas.
La Antroposofía me ha regalado una nueva concepción del ser humano, de lo que nos hace ser humanos, y es fascinante. A mí como bióloga, me habían explicado una visión muy muy reduccionista, muy simplificada de lo que es el ser humano. Tengo en mente la famosa imagen del mono, esa secuencia que comienza con un mono que se yergue lenta y gradualmente hasta alcanzar la figura humana, que explica la Teoría de la Evolución de Darwin. Mutación, selección natural, azar, tiempo y supervivencia del más apto explica como a partir del mono hemos llegado a humanos. Pero no, no sólo somos un mono evolucionado. Un mono evolucionado no puede hacer todo esto que el humano hace en este mundo, para bien y para mal. Y aquí no es importante entrar en el debate de si esta teoría es correcta o incorrecta. Si no, darnos cuenta de que una teoría siempre es una noción humana limitada que no puede hacerle justicia a la compleja naturaleza del mundo. Tenemos la posibilidad de transformar nuestra mirada, de ampliarla y de hacer vivo nuestro conocimiento. Y eso es lo que ha sido para mí el descubrimiento de la Antroposofía en relación a la noción del ser humano, dotar de una vida propia, de un principio interior, intrínseco al humano. Devolverle la transcendencia a la vida humana.
Así la Pedagogía Waldorf y la Antroposofía, me llevan a una nueva concepción también de la espiritualidad como algo separado y a la vez unido a la religión, al Cristianismo. Es fascinante. Al leer cosas del Cristianismo me estoy reconciliando con el mensaje de quién es Jesús, quién es Cristo y para qué aparece en la historia. Quien fue María Magdalena. Me parece una historia tan diferente a la religión y al Catolicismo. No fui a una escuela católica, mi familia no era practicante, pero igualmente el peso del inconsciente colectivo llegó a mí como a todos: él Adán y ella Eva, quien come la manzana, la culpable de la caída del paraíso. Cuando empiezo a releer todos estos mitos con otra mirada, me fascina ver la diferencia entre la traducción e interpretación que hemos hecho con lo que yo estoy leyendo ahora. Adán, el Adán original, originario, era un ser andrógino que tenía los dos sexos, el femenino y el masculino. Y cuando aparece la separación de los sexos, todos hemos visto la imagen de Eva, que nace de su costilla. En la Antroposofía el ser humano tiene tres partes: tenemos el pensar en la región de la cabeza, el sentir en la del corazón y de los pulmones, y la voluntad en las extremidades. Y justamente, ¿de dónde sale la famosa Eva? De las costillas que están protegiendo a los pulmones y al corazón. Yo lo visualizo como si le sacaran un fragmento del sentir y se lo pusieran a Eva. Es la complementariedad de lo masculino y lo femenino. Esto no tiene nada que ver con lo que nos hemos quedado del mito. Para mí, lo bonito es podernos reconciliarnos con estos mitos y hacer una lectura que nos lleve al crecimiento interior y a no rechazar nuestras propias raíces, porque si no, al final, estamos en conflicto interno y peleándonos con eso que nos ha fundamentado, la base de nuestra cultura. Destruir, deformar o vaciar la tradición es destruir, deformar o vaciar nuestras raíces, y vivir en contra de los valores que fundamentan la civilización de donde nacemos. Es de alguna manera como vivir en contra de nosotros mismos.
Hay una verdad tan grande en estos mitos que no la podemos obviar, porque, si no, se llena de basura. También la concepción del pecado original. Después, en el Renacimiento se empieza a hablar del pecado de la carne, se crea esta concepción. Hasta entonces no había esta carga en el pecado original. Todo es como muy desafortunado. La castración, la culpa, Freud y todas las teorías de la sexualidad,… Tener que reprimir tus deseos sexuales es anti—vida. La sexualidad es una pulsión de vida, es lo que nos mantiene, es estar en nuestro etérico, es el sistema energético, es en donde está el famoso Chi. Si reprimes eso, acabas teniendo individuos neuróticos, enfermos que luego hacen cosas que no deben. Es por una desviación de la energía, que luego hay comportamientos desviados.
¿Crees que hay que humanizar la sexualidad?
Sí, de hecho, esa es mi misión.
¿Cómo se puede humanizar?
Para mí, el punto de partida es la imagen que cada uno tiene del ser humano. Esa primera pregunta: ¿qué es para para mí el ser humano? ¿Qué nos hace verdaderamente humanos? ¿Venimos del mono? ¿Somos un poquito más evolucionados que un mono o realmente creo que hay algo más? ¿Cuál es mi verdad? E indagar por ahí. A mí, la Antroposofía me ha traído ese aire fresco, esas nuevas posibilidades, ampliar lo reducido, lo simplificado, lo fragmentado, lo superficial de esa visión mayoritaria de nuestra cultura del humano. Y también esperanza, esperanza en que el humano es algo más… que tiene una conexión con la transcendecia, con esa necesidad de búsqueda de sentido. Lo explica con peso, con una visión integradora y viva. Haciendo la analogía con los distintos cuerpos: los minerales en el cuerpo físico, las plantas en el etérico, los animales en el astral, y el yo espiritual, el humano. Eso me permite enlazar el humano con el cosmos de una manera que ninguna otra tradición que yo haya estudiado haga. Están las orientales. El Taoísmo y el Tantrismo van en esa línea. Pero siento que la Antroposofía, al tener ese vínculo con el Cristianismo, me reconcilia más con mis raíces. Me encanta el Budismo, la Medicina China me parece fascinante y sí, gran parte de mi trabajo se basa en la energía sexual, pero necesito reconciliarme con mis raíces. Y eso, por ahora, a mí me lo ha traído la Antroposofía y Annick de Souzenelle, que hace esta relectura de textos sagrados. Así que parte de ahí, de qué imagen tengo yo. Esto para mí es angular porque a partir de esa imagen, de qué es para mí el ser humano, es como yo me voy a relacionar con ese humano en mí y desde mí con los demás y con el mundo, y eso es lo que yo voy a imprimir en mis hijos sobre la sexualidad, a través de mi ejemplo. Humano como otro objeto más, o humano como algo sagrado, divino, mágico, misterioso.
¿Crees que la educación sexual se puede educar a los niños?
Sí, claro, el desarrollo sexo-afectivo forma parte del desarrollo evolutivo global del niño o niña, debería ser nuestra responsabilidad como padres, acompañar también ese desarrollo sexual, porque no es “natural” como a veces escuchamos erróneamente decir. Acompañarles en eso que pregunta, que quieren saber, que sienten pero que no siempre saben decir.
Acompañar el desarrollo psicosexual de nuestros hijos requiere preparación. En primer lugar y lo más importante, requiere aprender a hablar de sexualidad. Y eso supone reflexión y aprendizaje, ya que muy probablemente en nuestra familia nadie lo hizo antes. Los niños nos toman a nosotros, a las madres y padres como modelo; todos nuestros silencios y evasivas los impactan de manera inconsciente. No se trata de contarles lo que hacemos o dejamos de hacer sexualmente, sino de educarlos mediante una palabra sensible y precisa, con el tono adecuado, que les permita entender que la sexualidad forma parte de la vida adulta.
Este aprender a hablar de sexualidad, nos invita a reflexionar sobre cuestiones esenciales de la vida y a indagar en cómo vivimos nuestra propia sexualidad como punto de partida: ¿qué es para nosotros la sexualidad? ¿cómo vivimos nosotros la sexualidad? ¿qué es para nosotros hacer el amor? ¿qué visión tengo del humano? ¿estoy más del lado de humano como evolución del mono o como humano sagrado? ¿cómo fue la transmisión de la sexualidad en mi casa, en mi infancia? ¿qué recuerdos tengo? Porque todo esto será la base con la que yo haré educación sexual a mis hijos. Y mejor tomar consciencia de ello para poder aprender y elegir con criterio y responsabilidad, que seguir dejando que el inconsciente, a través del mutismo o hablar desde la banalidad, siga perpetuando los penosos valores en torno a la sexualidad que había en el siglo XIX.
¿Se puede enseñar en las aulas?
Lo primero es en casa, porque es donde aprenden el modelo de sexualidad. Y luego lo ideal sería elegir una escuela donde enseñaran una sexualidad afín a nuestros valores familiares. Lo que no siempre es fácil. Al menos que se acercara lo más posible. En mi opinión, la educación sexual que vemos mayoritariamente en las escuelas es muy técnica, muy del dato, de la explicación, de la mente, fría. Me falta la poesía, la belleza, la magia, el afecto… En realidad es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Todo son pequeños pasos para el encuentro con esa otra sexualidad, para la sexualidad bella y viva.
¿Qué lees estos días?
Mujeres indómitas de José M. Carrera. Narra la historia de tres mujeres en la Edad Media: Trota de Salerno, la primera mujer ginecóloga; Hildegarda de Bingen, la primera doctora naturista; y Alessandra Giliani. Hay una escena donde el hijo de Trota se casa. Al hombre le preguntan si se compromete a ser fiel, responde que sí. Cuando se le preguntan a la mujer, además de fiel añaden la palabra “obediente”. Esa carga invisible se ve, que parece que no la llevemos, pero está inscrita.
Y como bióloga humana, ¿qué lecturas básicas nos compartirías?
Pues mira, ¿sabes qué libro me ha enseñado esa biología viva que tanto anhelaba? Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Habla de una biología de verdad, con sus ritmos, sus ciclos; habla de las leyes de la naturaleza, de la naturaleza femenina, masculina…con instrucciones para andar este camino-vida de la mano de nuestra naturaleza salvaje, la que sabe, la que late. Y otro libro de biología que me tiene también fascinada es Metamorfosis de las plantas, de Goethe. Para mí es también un libro de sexualidad, tan solo al mirar sus bellas imágenes de flores tiene el poder de evocarme esa belleza de la sexualidad que tanto necesitamos recuperar. Para mí es revolucionario por traerme una nueva concepción de aprender ciencia, de mirar la ciencia, mezclando la razón científica con la intuición poética.
Por definición, la biología es la ciencia que estudia la maravillosa vida. Yo decidí estudiar biología humana por mi deseo de aprender y entender como es la maravillosa vida humana. Sentí una gran decepción tras acabar la carrera porque me licenciaba con la sensación de salir al mundo sin haber aprendido eso que yo buscaba. Con cierta sensación de estafa, por intuir que el humano, que la vida humana era mucho más, mucho más grande de lo que me habían explicado. Estuve mucho tiempo renegando de ser bióloga. Con el tiempo he entendido que lo que fallaba era esa visión del humano (y de la vida) tan reduccionista, tan fragmentada, tan mecánica, tan estática, tan limitada, tan muerta. Así que ahora, a través de nuevas lecturas, visiones y de mi propia experiencia me dedico a devolverle esas capas de vida, a expandir su comprensión…a ir a ese lugar al que yo quería ir. Es como un volver al hogar: sí, soy bióloga… humana.
Mira, un ejemplo que me lleva esta limitación y deformación de la biología, de la verdad, es la comparativa que se ha hecho del pene, órgano de placer masculino, con la vulva —o con la vagina—, como órganos de placer femenino, haciendo desaparecer el útero. Siendo el útero en la mujer lo mismo que el pene para el hombre, el órgano de placer sexual. De esto habla mucho Casilda Rodrigáñez. Hemos recuperado al clítoris de sus profundas cavernas, lo que está muy bien, pero poco se habla del útero, del caldero alquímico fundamental en el intercambio sexual. Y, ¿qué relación tenemos con nuestro útero? Muchas veces los llevamos aplastados detrás de la cremallera del tejano. Úteros espásticos que cuando parimos nos duelen. Claro, desde la infancia no se mueven, se quedaron ahí inmovilizados… porque esta sociedad nos pide que la energía esté arriba, en la mente, en la cabeza, en lo racional. Cabezas flotantes nos llama Danièle Flaumenbaum.
Me recuerda a cómo ve Arianna Bonato la ginecología.
Claro, la ginecología de antes estaba muy enfocada sólo en lo reproductivo. También lo dice Danièle Flaumenbaum: la ginecología era una medicina sobre la madre y la maternidad. La ginecología tradicional tiene otra vez esa visión de reducir a la mujer a su vocación de madre, olvidándose de la completitud femenina. La identidad de la mujer no es el maternal, es el femenino. Ojo, porque luego los hombres demandan a la mujer. Pero muchos de los hombres de hoy día también vienen con sus heridas en su masculino, en su potencia masculina, no habiendo podido integrar su pulsión agresiva sanamente. Y esto se traduce en una falta de agresividad buena —hoy en día, la palabra agresividad está muy castigada porque se la lee solamente desde su connotación negativa—, pero aquí me refiero a esa fuerza de autoafirmación, de avanzar y seguir adelante, para rescatar a la mujer de su papel de madre. Entonces aquí aparecen muchos de los obstáculos que hoy en día vemos en las parejas: mujeres atrapadas en sus roles de madre y hombres que han perdido a sus mujeres.
Hoy en día hay tantas parejas que acaban de tener hijos y se separar al poco tiempo, ¿crees que se podría relacionar con esto?
Es un tema muy complicado. Pero sí, la llegada de los hijos despierta todas las improntas transgeneracionales y culturales, la gran mayoría de ellas inconscientes, tanto en el hombre como en la mujer, donde se empieza a activar un juego inconsciente de polaridades: femenino—masculino, erótico—materno, prepotencia—impotencia, víctima—agresor, amor—deseo, etc… que acaba creando unas dinámicas más o menos complejas en la pareja. Por otra parte, también se cuelan los valores modernos, como el consumo: si no funciona, cambio. No hay un trabajo profundo para entender qué está pasando, desde dónde nos estamos vinculando, qué idea de amor tenemos, qué entendemos por familia, por pareja,…
Como hemos dicho antes, la llegada de los hijos también suele tener un impacto en la sexualidad de la pareja. La mayoría de mujeres hemos reproducido el modelo masculino de la sexualidad, porque no existía otro. Y muchas veces la mujer en postparto está en otra esfera, en otro tempo, en nueva relación con ella misma y con su cuerpo. Eso también puede incluir a la sexualidad, anhelando una sexualidad que la tenga en cuenta a ella, a sus ritmos, a sus deseos. Y ahí se puede abrir todo un nuevo abanico de posibilidades hacia una nueva sexualidad. Pero eso requiere mucho aprendizaje, comunicación, voluntad y creatividad.
Desde tu perspectiva, ¿cómo ves el futuro de las madres y mujeres en esta sociedad?
Para mí sólo hay un camino posible: la restauración y recuperación del femenino. El femenino interior. Venimos de haber dañado, chafado y pisoteado lo femenino. Lo patriarcal y masculino en supremacía. Al final, ¿qué son las guerras? Es una guerra entre el femenino y lo masculino, entre el ego y el alma. Es una guerra de dualidades, de poder. Creo que la esperanza viene por allí. Y entendiendo que hay que bajar a esas profundades oscuras y desconocidas para ir al encuentro del tesoro. La humanidad está siempre en evolución. Forma parte de la evolución. El patriarcado ha tenido su poder y nos traído muchos avances en ciencia, no es todo negativo, pero el coste ha sido demasiado grande, demasiado doloroso. Así que ahora toca compensar la balanza hacia el otro lado, los valores femeninos. Mi fe en la humanidad está en ir a ese encuentro del femenino, en cada uno, que el mundo tanto necesita para curarse.